After the Storm

#cuento

La ira cristalina

María José Escobar

Un día, el fantasma empezó a quitarnos todo. Objetos de peso importante. Nos costó asimilarlo porque lo tuvimos siempre aquí, desde el inicio de los tiempos. Era como un espectro cualquiera: deambulaba en la vigilia, traspasaba las paredes y observaba con indiferencia. Sin embargo, también era singular, pues tenía la manía de intentar, desde el poco entendimiento de su naturaleza espectral, saltar de la azotea. ¿Qué lograría con aquello? Nada, pues era un espectro. Lo hacía todos los días: se tiraba de la azotea y quedaba suspendido a un pelo del suelo.

Nunca supimos lo que quería, pero su frustración hizo que pagáramos los platos rotos. Se ensañó como si, de repente, nos hubiéramos convertido en sus enemigos, como si hubiésemos sido nosotros quienes lo volvieran diáfano como era. Con esa rabia expuesta, puso en marcha su plan de venganza, un plan sencillo, inquietante y confuso.

Primero, las tazas. Incluso las favoritas. Rotas en el suelo. Un estruendo un sábado por la mañana. ¿Cómo pudiste? Nos gustaba tanto; esa la trajimos de Colombia. ¿Cómo pudiste?

Las tazas bajo llave. La vitrina que las exhibe. Tazas inútiles, tazas ornamentales. Luego, un vaso. Quise tomar agua porque hacía calor. Los vasos de vidrio conservan mejor la temperatura deseada. Apenas iba a tomar el primer sorbo cuando el vaso se esfumó de mi agarre. ¿A dónde se fue? Al piso. Y en añicos, probablemente. El vaso voló por encima de la barda. Un estruendo lejano. Gracias a Dios no le pegó a alguien. ¿Cómo pudiste?

Los vasos de vidrio, adornos. La vitrina casi llena. Los platos también resguardados por si acaso.

¿Qué sigue? Nos preguntamos. Y le preguntamos a él: ¿qué vas a hacer? No responde. Pero sabemos que algo trama. En sus aposentos, algo trama. Estamos alerta. Cuando traspasa mi pared, le digo que se largue, que sigo molesta con él, y se va. No le importa mi enojo.

No lo vemos por un buen rato.

Aparece otro día. Claro, ¿cómo no lo pensamos antes? El barro también se rompe. Si lo dejas caer, se hace trizas. En el patio, yace la gardenia cubierta de su tierra, cubierta de su casa de barro, toda su casa esparcida alrededor y sobre ella. Pobre, debe estar tristísima. Esperemos que le guste su nueva casa de plástico. Ahora le resta belleza, pero así es más seguro. Concibamos que no se marchite del desencanto de saberse afeada.

¿Qué más? Suscitamos entre sueños. ¿Qué más le falta?

Algo terrible se le pasa por la mente. Inimaginable. Ocurrió una tarde de viernes. Un día ideal para beber, para estar felices bajo los efectos. Como ritual, suelo pasear mi caguama por la casa. Si me voy al cuarto, reposa en mi escritorio; si me voy a la cocina, me acompaña sobre la mesa; si me urge ir al baño, aguarda en la mesita del jardín. Crash. Una risa cínica. Una crueldad imperdonable. ¿Cómo pudiste? La abrazó contra su cuerpo con tal fuerza que se hizo polvo en el aire. La bebida dorada fundiéndose en la tierra. ¡Mi importe! le grité. ¿Cómo pudiste?

Nos limitamos a la cerveza en lata. A esto nos orilló. No está mal, pero no es lo mismo.

Otro día, advierto una algarabía en el piso de abajo. ¿Qué pasó con la pecera? La inmensa y pesada pecera, la arrastró con su fuerza fantasmagórica e inaudita y la azotó. Incauto como es, el pez se retuerce en tierras desconocidas y hostiles. Yace en los confines oscuros de una tina. ¿También le reclamará a su manera?

Debemos hacer algo. No nos podemos quedar de brazos cruzados. ¿Qué te pasó que de pronto nos odias tanto? A veces quiero tomar café en una taza de porcelana, quiero seguir con la solemnidad de la cafetera de vidrio: el líquido marrón que se vierte con lentitud, y la espera. La cafetera también enclaustrada. ¿Qué quieres de nosotros?

Inconsolables, nos echamos a llorar por las mañanas.

No hay solución. Antes de ponernos a pensar en una, él tuvo otra idea. Así de ágil es su pensamiento. Con sus fuerzas sobrenaturales, rompe los vidrios de las vitrinas. Los objetos ahí resguardados comienzan a temblar como poseídos. Los poseyó para que parecieran vivos. Se mueven en el aire. Una danza ridícula de tazas, vasos, platos y una cafetera. En el patio, las macetas de barro vacías se alzan desde sus escondites bajo los tiliches de la bodega. Los gatos miran desde arriba, fascinados. Nadie lo puede creer. Las caguamas salen de entre las botellas de plástico reunidas para el reciclaje.

¡Alguien tiene que hacer algo! grito con voz desgarrada. No se hace nada, todo se cae al mismo tiempo. Tanto fue el ruido que los vecinos tocan el timbre, pensando que explotó el tanque de gas o el boiler y que el impacto nos consumió en instantes.

No fue nada, es que lo tenemos harto, les contestamos.

María José Escobar

(Querétaro, 1998) es licenciada en Letras Hispánicas. Ha participado con cuentos breves y microficciones en diversas plataformas y medios de difusión literaria, incluyendo Revista Ibídem, Revista Oropel, Hipérbole Frontera, Revista Alcantarilla, Enpoli y Tintero Blanco.

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