Visión

After the Storm #cuento Visión Adriana de Jesús Casas Moreno Dylan estaba sentado en su asiento de autobús, un poco apretado para su gusto. Recordó algo que había intentado olvidar. Fue en el recreo, un mes atrás. Un niño mayor lo empujó con fuerza y luego le dio una patada en la pierna. El moretón tardó días en desaparecer, pero lo que más le dolió no fue el golpe, sino la razón. Él solo había repetido, como un eco, las últimas palabras del otro niño: “¡No me mires así!” —había dicho— y él, sin intención de burlarse, repitió: “No me mires así…” con la misma entonación. No sabía que eso lo enfurecería. La ecolalia, ese reflejo de palabras que le salía sin pensarlo, fue malinterpretada. Como casi siempre. Tomó un cómic de superhéroes y empezó a quedarse dormido. En ese momento, subieron al tren unas personas con uniformes tipo policía dando indicaciones que nadie creía. Empezaron a repartir pulseras de color gris, que obligatoriamente tenían que portar en su muñeca. Todos los que fueran neurotípicos o que no tuvieran alguna condición o trastorno que los hiciera diferentes. Eran para su identificación. Hicieron una fila con ellos, incluida mi mamá. Los distribuyeron y sentaron en los lugares más ruidosos, cerca de las ventanas por donde entraba la luz que irritaba a muchos autistas y a algunos con TDAH. Lo hacían para que los niños y adultos neurodivergentes pudieran estar cómodos en zonas más silenciosas y de menor estimulación. Era una ley recién dictada, con carácter urgente, que debían acatar o pagarían las consecuencias. Al principio hubo protestas. Muchos se negaban a usar las pulseras. “¿Por qué yo tengo que incomodarme por ellos?”, decían. Pero las reglas fueron claras: el uso era obligatorio para todos los neurotípicos en espacios compartidos. Lo dictaba la nueva Ley de Convivencia Sensorial. Y ese era solo el comienzo. Al llegar a su destino había aún más cambios. Las empresas empezaron a solicitar personas con autismo por su atención a los detalles y patrones. Se modificaron los programas escolares, excluyendo a los considerados neurotípicos para no gastar recursos académicos en los que no podían ofrecer nada especial a nivel laboral. Se creó un fondo de apoyo a las personas neurotípicas. Fue propuesto por un grupo de adultos autistas que trabajaban en la redistribución de la riqueza nacional, en cargos clave del nuevo gobierno. Eran los mismos que antes fueron excluidos, callados, institucionalizados. Después de un tiempo las familias de ellos se adaptaron y se volvieron dependientes del subsidio gubernamental. Una ayuda mensual que aseguraba acceso a zonas compartidas, transportes acondicionados y espacios recreativos mixtos. Se volvió costumbre agradecer a “los del espectro” por haber creado un sistema más justo y humano. Porque, contrario a los prejuicios que siempre cargaron, los autistas demostraron ser mucho más empáticos de lo que el mundo alguna vez fue con ellos. Dylan no podía ni haber imaginado todo lo que había cambiado el mundo. Veía todo en un programa de noticias internacionales. Apretó los ojos, como solía hacer cuando se emocionaba mucho. Al abrir los ojos, todo era igual que antes. Estaba de vuelta en el camión, sentado en su asiento apretado, con las luces del exterior y los ruidos fuertes. Sin embargo, recordó algo que escuchó alguna vez: “Si lo puedes imaginar, lo puedes lograr”. Y aunque no sabía exactamente qué parte de su visión era un sueño, sintió una certeza cálida en el pecho: algún día, el eco de su voz no sería motivo de burla o violencia, sino parte del nuevo lenguaje de la compasión. Adriana de Jesús Casas Moreno Soy mexicana, nacida el 4 de julio de 1971. He incursionado en varios géneros literarios como terror, realismo mágico, microrrelato y cuento infantil. Me publicaron mi cuento “Mutación” en la antología Horizontes ficticios. Obtuve el Premio Narrativa Los Masticadores 2025, con el cuento Renacer, que publicaron en su revista digital. Colabora con After the Storm Somete tu Obra El Pórtico por El Runa August 15, 2025 Instrucciones de aplicación para el Vino dulce, Jose Carlos Perez Montaño Bayá February 14, 2025 Una Cita con la Muerte, Arom Zevach February 14, 2025 CAOS, Iara N. Gómez February 14, 2025 Retrato de Satanás insomne, Brian Durán-Fuentes February 14, 2025 En casa, Roberto Alva February 14, 2025 Cómplices, Cibela Ontiveros February 14, 2025 Dilan Chino Sandoval, De aquel momento único, papá February 14, 2025

Cuando nuestros padres mueren

Juan M. Fernández Chico

El Blog de Juan M. Fernández Chico Cuando nuestros padres mueren 28 de julio de 2025 La verdad es que es triste, ¿no? –dijo ella–. Hace una preciosa mañana de primavera y él no está aquí para disfrutarla, ya no estará para vivir ninguna otra hermosa mañana de primavera.   Aniquilación, Michel Houellebecq Este texto tiene un lector muy específico: para quienes hemos perdido a uno o a ambos padres. Es para quienes cargamos esa primera gran ausencia sin saber muy bien cómo nombrarla. Para quienes un día despertamos y nos dimos cuenta de que, por más que gritemos desde la cama, ya no vendrán a salvarnos de los monstruos imaginarios. Papá ya no está para levantarnos cuando caemos de la bicicleta, y mamá ya no vendrá con el curita ni con el beso en la rodilla. Y esa es una herida tan profunda como inevitable. No importa cuán conscientes fuimos de que el tiempo haría lo suyo. No importa cuántas veces nos dijimos que estábamos preparados. Perderlos duele. Duele por muchas razones, y una de ellas es que perdemos a quien más nos ha amado en esta tierra. Quien hizo todo lo posible por protegernos, por cuidarnos. No sólo perdemos a la figura protectora: perdemos la idea que la acompañaba. Nos llenamos de tanta ausencia, que no sabemos cómo lidiar con ella. Pero algo cambia. Porque en algún punto de esa transición, sin darnos cuenta del todo, nos convertimos en ellos. Somos ahora los que ponemos el curita. Los que decimos “ya pasó” con la voz entrecortada. Los que sostenemos el manubrio de la bici mientras alguien más da su primer pedaleo, los que se ponen la máscara de Spiderman o abrazan cuando hace frío.   ¿Recuerdas cuando, aún con hambre, tu papá te dio lo que estaba comiendo porque no te llenaste? ¿Que te cambió el plato que no te gustó para que pudieras comer? ¿Que se quitó el gorro o la chamarra porque te estabas congelando? Esa ausencia solo cambió de nombre y de lugar.   Y sí, a veces improvisamos. A veces lo hacemos bien porque tuvimos buenos padres. O lo hacemos mejor porque no los tuvimos. Porque no queremos repetir, porque queremos reparar, porque queremos amar distinto. Porque estamos sanando en nuestra propia crianza. Volvernos padres y madres es también aceptar que los nuestros ya no están. Es soltar. Es dejar que la vida nos toque sin ataduras. Es reconocer que incluso el amor infinito tiene un final. Y que la memoria es lo único que queda cuando el cuerpo se ha ido. La memoria como refugio, como altar silencioso, como esa voz que vuelve en la madrugada cuando algo duele y no sabemos qué hacer.   Este post no quiere consolar a nadie. Porque no hay consuelo posible. Lo sé. Pero tal vez estas palabras sirvan para otra cosa: para que no nos sintamos tan solos. No importa si fue hace una semana, un mes o una década. Perder a nuestros padres es perder una parte de nosotros. Y, aun así, seguimos. Y en seguir, también honramos. Cada beso en la rodilla. Cada curita. Cada palabra de aliento que ahora damos, como si nos la hubieran dejado encargada. A la memoria de los padres y madres que se fueron. Quienes también estaban aprendiendo en esta única vida que les dieron la oportunidad de vivir. Que lo hicieron lo mejor que pudieron. Que fallaron, y de esos fallos aprendimos. Que acertaron, y sus aciertos los hicimos nuestros. Para que sus ausencias duelan cada vez menos e inspiren cada vez más. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo