Mohawk, o sobre mares y cortes de cabello

El blode de Juan M. Fernández Chico

El Blog de Juan M. Fernández Chico Mohawk, o sobre mares y cortes de cabello 5 de Noviembre de 2025 Este relato biográfico apareció originalmente en mi libro Morir en mar abierto, una reflexión sobre la muerte a partir de una experiencia que tuve cercana a ella: durante unas vacaciones familiares en Acapulco, una mañana me salí a nadar al mar, pero estaba picado y me arrastró violentamente hacia el fondo. De ese libro decidí extraer este relato porque las fechas me llenaron de nostalgia. Nostalgia de días pasados que a veces se sienten como si hubieran ocurrido en otra vida. * Es la misma barbería a la que he ido desde hace muchos años. El dueño es un hombre de bigote y ojos cerrados. ¿Cómo puede cortar el cabello alguien con unos ojos tan pequeños? Estoy en la prepa. Me he hecho de un grupo de amigos que escuchan música punk en inglés. Solo en inglés, porque somos demasiado clasemedieros para el punk en español.El punk en español llama a revoluciones que no queremos atender. Le digo al barbero que quiero un corte estilo mohawk.—¿Qué es eso? —me pregunta.—De mohicano.—¿Mexicano?—No —respondo—, mohicano, mohawk. Me rapa de los lados y me deja el cabello largo en medio.   Se queda en silencio. Me mira la cabeza tratando de descifrar aquel extraño corte de cabello que no está en ninguna de las obsoletas muestras que cuelgan en la pared. No es un tipo agradable, ni mucho menos.Tantos “natural oscuro” y “natural claro” le han estropeado la capacidad de arriesgarse.—¿Sí te van a dejar entrar a la escuela así? —me pregunta—. ¿O ya te corrieron?   Pinche señor metiche. Que le valga madre. Pero solo lo pienso. Aún soy menor de edad, y no me quiero meter en problemas, y menos con el dueño de la única barbería a la que puedo llegar caminando desde mi casa.Un sutil acto de libertad que quiero mantener hasta que pueda manejar.—Estoy de vacaciones —contesto.—Mmmmm. ¿Y no vas a trabajar? —me pregunta, pero ya sin verme a los ojos, pues está sacando la máquina del cabello.—No, no tengo pensado trabajar, a mi familia le va lo suficientemente bien como para que yo tenga que trabajar. Estoy rayando un límite del que más me vale no pasarme.Pasa la máquina lentamente. Evito hablar mientras lo hace, pues la última vez que me corté el cabello con él, le pregunté si podía ver cómo iba quedando, y me dijo que no, que hasta que terminara, que ahí no era escuela de estética.Viejo puñetas.   A pesar de lo diminuto de sus ojos y sus dedos gordos, maneja la máquina y las tijeras con total maestría.Seguramente su papá era peluquero, y su abuelo, y su bisabuelo.   Termina y, sin decir nada, pone el espejo para que me vea por detrás y delante. El mohawk no llega hasta atrás. Me ha dejado como un cepillo en la mitad de la cabeza. Parezco un militar rebelde que, aun en su rebeldía, sigue las reglas del cuartel.Verga, pienso.Ya ha cortado el cabello, ya no hay nada que pueda hacer. El mal ya está hecho.Son sesenta pesos, diez más de lo normal por lo complicado del corte.   Me pica la nuca y hace calor. Pero en unos días nos vamos de viaje, y todo aquel calor y comezón se podrá ir a chingar a su madre.Camino con la seguridad de un punk que ha tomado la decisión de llevar el pensamiento a la práctica. Tal vez no sea el mejor mohawk del mundo, pero algo es algo. Conozco a muchos punketos de la escuela que no se atreven ni siquiera a usar un cinto con púas.En el mundo de los ciegos, el tuerto es rey. Unas semanas después, en Acapulco, casi moriría ahogado. Lo peor de todo es que hubiera muerto con un ridículo corte mohawk. —¿Alguna seña particular del joven? —preguntaría la policía cuando me dieran por desaparecido.—Tiene el cabello estilo mohawk.—¿Qué es eso? —preguntaría.—De mohicano. Como lo usan los punks.   Y si me fueran a velar de cuerpo presente, ¿me habrían cortado el cabello por un natural oscuro o me habrían parado los cabellos con gel, fiel a mi estilo punk? ¿El peluquero habría atendido los servicios fúnebres? ¿Se habría ofrecido para arreglar tremendo adefesio de corte que me había hecho semanas antes? Por lo menos, pienso, los servicios de rescate no batallarían en identificar mi cuerpo.   De regreso, lo primero que hice fue raparme completamente. Solo que aquella vez, el peluquero de ojos pequeños no dijo nada; se limitó a escuchar mis simples pero concretas indicaciones. Hizo el corte y me dejó ir. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

Tus hijos no son tus hijos

El blode de Juan M. Fernández Chico

El Blog de Juan M. Fernández Chico Tus hijos no son tus hijos 26 de Septiembre de 2025 Todas las mañanas, como invocando un ritual de caos, Patricio se prepara para ir a la escuela.Uniforme, mochila, lonchera, uñas cortas, cabello peinado.Una ceremonia repetitiva que es difícil de sincronizar.No hay coreografía, pura improvisación y desorden.Salir siempre tarde, porque cuando eres padre siempre saldrás tarde.   Repasar los recordatorios del día de la escuela: llevas la tarea en la mochila para cuando te la pidan, los hotcakes ya tienen miel, la revista extra es para uno de tus compañeros, hoy va a pasar tu abuela por ti.La repetición es la constancia, aunque cada repetición es distinta a la anterior.Ser padres es vivir en una constante paradoja.Llegar en los diez minutos de gracia que te da la escuela para entrar. Lo que significa que llegar a tiempo es llegar tarde. Pero aquí viene lo importante.Lo acompaño hasta la entrada a los salones.Ahí, sobre la puerta, mirando como un intruso —como si aquello fuera la mirilla de una puerta— veo a Pato caminar.Camina con una mochila que aún le queda muy grande.Camina con paso lento por el peso, sin mirar atrás, sin buscar mi mirada, sin necesitar que lo observe.Así se debe enfrentar la vida.   Tiene cuatro años, pero carga toda nuestra historia familiar en sus hombros, una responsabilidad que aún no sabe que tiene, pero que tarde o temprano lo sabrá.Que esto que es, es solo el resumen de una historia que le hemos contado desde que nació. Se aleja y me entra un miedo terrible de que le pase algo mientras no estamos, pero no hay otra manera de hacerlo.Amar es soltar, y el miedo que nos dé soltar será proporcional al amor que tenemos. Se detiene en la puerta del salón, pregunta algo —seguramente pide permiso para entrar porque es el último en llegar (mi culpa, perdón).En esa pausa, espero que voltee, pero no lo hace.Entra y cierra la puerta.   Su mirada es un capricho mío del que tengo que —vaya la paradoja— aprender a soltar. Por eso, cuando Khalil Gibrán escribió en El Profeta que “tus hijos no son tus hijos, son los hijos de la vida abriéndose camino a través de ti”, no pudo haber tenido más razón.   Patricio no es mío, no me pertenece.Le pertenece a la vida, y a veces me cuesta aceptarlo.Me da miedo saberlo libre, y que, en esa libertad, yo no siempre estaré incluido. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

To Die Standing: On Failing in Football (and in Life)

El Blog de Juan M. Fernández Chico To Die Standing: On Failing in Football (and in Life) 25 de agosto de 2025 November 7, 2022.West Ham, from East London, faces off against Fulham, from the West.It’s not a derby, nor is it close to what other matches represent in the political, social, or footballing history of the Premier League.They share a city, and for that alone, pride is on the line. Fulham is behind on the scoreboard, even though they’ve played the better match.Their hopes of rescuing at least a point begin to fade.But football, like life, sometimes has its own sense of fortune — or grace.In a tight play, VAR calls a penalty in favor of the West Londoners with just minutes left. Like life, football is a chain of cause and effect. Or of accidents.Aleksandar Mitrović, the usual taker, cites discomfort and steps aside.The ball is taken by Ademola Lookman — young, born in England to Nigerian parents.A player who may have risen through the ranks too quickly. That kind of speed often translates into trying to embrace glory too soon. He stares at the ball.Licks his lips.Takes a couple of steps to his left, as if to rotate.Makes a strange, inexplicable sprint — surely an attempt to throw off the goalkeeper, who stares back at him with the weight of experience.A generational clash. No doubt. Lookman drops to his knees, not in surrender, and watches the ball dink softly, without force, toward the keeper’s right hand.He barely has to move.It hits his glove like a drop of rain falling on dry ground.Like an apology that arrives too late. It’s a grave mistake. A fatal one. Coach Scott Parker would later call it a result of youth, of inexperience.It makes sense.Not because we make more mistakes when we’re young, but because, over time, we learn from them and make fewer.It’s not about age.It’s about life — and how we walk through it. Years later, Lookman would say he was devastated.But he also said those around him gave him “a lot of love,” and that helped him “turn pain into power.” And life — strange, precise — gave him his redemption.Now with Atalanta, in the Europa League final, Lookman scored a hat-trick.A hat-trick.In a European final. Few players ever get that chance.He didn’t waste it. It hadn’t been that long.But time is not the point — it’s what we do with it.Lookman understood that.And turned his failure into strength. He turned his mistake into a classroom.What a guy. I, as an amateur footballer and a first-time father, have come across failure more times than I’d like.A missed pass.A mistimed run.A bad tackle.My mistakes cost goals — even matches.And they become heavy burdens I carry like a Maradona-esque Sisyphus, endlessly pushing the weight uphill. I don’t aim to be flawless.I aim not to make the same mistake twice.I don’t strive for perfection.I strive to become a better version of myself through error. Still not clear? Then let’s look at one of the most famous failures in football history. Roberto Baggio.He had already won it all by the time the 1994 World Cup came around. Final against Brazil.Last penalty in the shootout. A goal would keep Italy alive.A miss would end it all. How could the man who had won the Ballon d’Or and played a near-perfect World Cup miss? Because football doesn’t care about good intentions.Because justice lives in the heavens, not on earth.Because merit only matters when the cameras rewind the day after.You only embrace victory once it’s too late. And what no one thought would happen — happened. Baggio sent the ball flying into the sky.To that sky where an impartial god refused to make things right. Even Cláudio Taffarel had already committed to the wrong side.But the ball rose. What happened next? Baggio stood still.His eyes lost.His soul slipping away among yellow-and-green jerseys and wild celebration.His solitude, so long and so deep, became the photo that would live forever. They called him “the man who died standing.”And so he became a living metaphor. I’ll leave you with the words of the brilliant Iker Ruiz del Barco, one of the finest football writers of our time: “Roberto Baggio is the embodiment of learning through defeat… he is all of you, those who fight relentlessly to achieve your dreams, those who learned how to die standing in the face of failure.” Because inside us — deep in the folds of our souls — lives a Baggio and a Lookman.There’s always a mistake waiting to happen.We can pass the ball to someone else and hope they take the blame.Or we can fail. And own it. Were you expecting a grand ending? There isn’t one. Baggio never got a second chance.He never redeemed what he called “the most difficult moment of his life.” But it doesn’t matter.Because, as a saying popularized in Italy after that World Cup goes: “Socrates died poisoned. But Baggio died standing.” Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

Morir de pie, o de errar en el fútbol

El Blog de Juan M. Fernández Chico

Morir de pie, o de errar en el fútbol

22 de agosto de 2025

Es el 7 de noviembre de 2022.
El West Ham, proveniente del este de Londres, se enfrenta al Fulham, del oeste.
No es un clásico ni se acerca a lo que otros juegos representan en la historia futbolística, política o social de la Premier League. Comparten una ciudad, y eso basta para que se juegue el honor.

El Fulham va abajo en el marcador, a pesar de estar jugando mejor, y ve cómo la posibilidad de sumar al menos un punto se esfuma.
Pero en el fútbol, a veces, hay algo de fortuna. O de gracia.
En una jugada apretada, el VAR marca un penal a favor del equipo del oeste, faltando un par de minutos para el final.

Como en la vida, el fútbol es una cadena de causas y efectos. O de accidentes.
El cobrador oficial, Aleksandar Mitrovic, alega una molestia que podría afectar la ejecución y se echa a un lado.
Entonces, el balón lo toma Ademola Lookman, joven, nacido en Inglaterra, hijo de padres nigerianos.
Vio, tal vez demasiado pronto, crecer su carrera como futbolista profesional.

Una rapidez que se traduce en querer abrazar la gloria demasiado pronto.

Mira la bola.
Se pasa la lengua por los labios.
Da un par de pasos hacia su izquierda, como si girara.
Hace un sprint —extraño, inexplicable— seguramente en un intento por engañar al portero, que le pone enfrente todos los años de experiencia acumulada.
Una historia generacional. Sin duda.

Lookman se arrodilla, sin entregarse, y ve la pelota picar débilmente, sin fuerza, hacia la mano derecha del arquero.
Ni siquiera tiene que moverse con intensidad.
El balón golpea su guante como una gota de lluvia que cae sin ruido.
Como una disculpa que llega tarde.

Es un error grave. Fatal.

El técnico Scott Parker diría después que fue producto de la inexperiencia, de la juventud.
Tiene sentido.
No porque cuando somos jóvenes cometamos más errores, sino porque, con el tiempo, hemos aprendido de ellos y los evitamos mejor.
No es la edad. Es la vida. Es caminarla.

Años más tarde, Lookman contaría que se sintió devastado.
Pero también diría que quienes estaban cerca lo rodearon de “mucho amor”, y que eso lo ayudó “a convertir el dolor en poder”.

Y la vida, tan rara, tan precisa a veces, le dio su revancha.
Ahora con el Atalanta, en la final de la Europa League, Lookman anotó un hat-trick.
Un hat-trick.
En una final europea.

Pocos tienen ese privilegio.
Y él no lo desaprovechó.

No había pasado tanto tiempo, pero es que no se trata del tiempo, sino de lo que hacemos con él.
Lookman lo supo.
Y tomó su error para convertirlo en su fortaleza.

Hizo del error un salón de clases.
¡Vaya tipo!

Yo, como futbolista amateur y como padre primerizo, me he topado con el error más veces de las que quisiera.
El pase, el centro, el recorte, la anticipación.
Mis errores cuestan goles o partidos.
Y se vuelven cargas pesadas que, como un Sísifo maradoniano, cargo sin otro reparo.

No pretendo no equivocarme.
Pretendo no hacerlo dos veces del mismo modo.
No busco no fallar.
Busco hacer del error una mejor versión de mí mismo.

¿No ha quedado claro?
Entonces vayamos a una de las historias más conocidas de fallos en el fútbol.

Roberto Baggio.
Lo había ganado todo antes del Mundial de 1994.

Final contra Brasil.
Último penal de la tanda.

Anotar le daba vida a Italia.
Fallar se la costaba.

¿Cómo podría fallar el jugador que había ganado el Balón de Oro y que había hecho un Mundial casi perfecto?

Porque el fútbol no se fía de buenas intenciones.
Porque la justicia sólo existe en los cielos, no en la tierra.
Porque el único mérito de la victoria es el que se cuenta después, cuando uno mira la grabación al día siguiente.
Sólo se abraza cuando ya es demasiado tarde.

Lo que nadie pensaba que ocurriría, ocurrió.

Roberto Baggio mandó el balón al cielo.
A ese cielo en donde un dios imparcial se negó a hacer justicia.

Incluso Cláudio Taffarel ya se había vencido ante aquel potente tiro.
Y sin embargo, el balón se fue.

 

¿Qué pasó después?

Baggio se quedó parado, con la mirada perdida.
Con el alma escurriéndose entre los gritos y las camisetas amarillas con verde.
Su soledad fue tan larga que lo retrató para siempre.

“El hombre que murió de pie”, le dijeron.
Y así se volvió una analogía de la vida.

Me quedo con estas palabras del enorme Iker Ruiz del Barco, uno de los mejores cronistas de nuestro tiempo:

“Roberto Baggio es el aprendizaje de la derrota… sois todos vosotros, aquellos que lucháis de manera incansable por cumplir vuestros sueños, aquellos que aprendisteis a morir de pie en la derrota”.

Porque dentro, como un resquicio de nuestra alma, hay un Baggio y un Lookman.
Hay un error en potencia, esperando ocurrir.
Podemos pasarle el balón a alguien más, esperando que el fallo lo condene a otro.
O podemos fallar nosotros. Y hacernos cargo.

¿Esperaban un final grandilocuente?

No, no lo hay.

Baggio nunca tuvo una segunda oportunidad.
Jamás pudo redimirse de lo que él mismo llamó “el momento más difícil de su vida”.

Pero no importa.
Porque como dijo un viejo dicho que se popularizó en Italia tras aquel Mundial:

 

“Sócrates murió envenenado. Pero Baggio murió de pie.”

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40 lecciones que me ha dejado el fútbol

El Blog de Juan M. Fernández Chico 40 lecciones que me ha dejado el fútbol 5 de agosto de 2025 Estoy a semanas de cumplir cuarenta años.Cuando era niño, pensaba que a esta edad tendría mi vida resuelta en todos los sentidos.Por eso no es bueno tener sueños de niño.Hoy tengo más pendientes que certidumbres. Tengo la mente más ocupada. Creo que eso es bueno. Creo.Pero no se trata de mi edad, sino del pretexto del número.De esos 40, llevo casi la mitad jugando fútbol.Defensa central, lateral, contención, incluso portero. Este último, en un paso bastante vergonzoso del que me gustaría no hablar. Veinte años jugando que, en este corte de caja, me han dejado una extensa lista de aprendizajes.Más que el deporte, que el ejercicio, el fútbol fue un salón de clases, pero solo si sabes escuchar.Sin jerarquías, sin pretensiones de manual de vida, sin consejos. Solo una mirada rápida sobre el hombro: cuarenta aprendizajes que el fútbol me ha dejado. 1 – Abraza la derrota, aprende de ella; la victoria es un impostor que te hará desviarte de lo realmente importante.2 – Habita la banca con humildad. Aprende a esperar. Tu momento llegará, y debes de estar listo.3 – El campo es tan grande o pequeño de acuerdo a tus ganas de recorrerlo.4 – Ningún juego se gana solo.5 – La pelota siempre correrá más rápido que tú.6 – El árbitro es tan imparcial como la vida.7 – El peor juego es el que no se juega.8 – En el papel, ningún equipo es mejor que el otro.9 – Como dijo el Loco Abreu, el fútbol es tierra y barrio.10 – Sin importar la edad, si puedes patear una pelota y correr cinco metros, eres un privilegiado.11 – La única gloria del fútbol consiste en jugarlo.12 – La historia no tiene espacio para todos; no te sientas mal si el fútbol solo te dio algunos buenos recuerdos y un buen grupo de amigos. Eso es suficiente.13 – Todo se queda dentro de la cancha. No hay rencor o enojo que valga para llevarlo fuera.14 – Cada juego puede ser el último. No sabes cuándo una lesión —o algo peor— podrá alejarte de las canchas para siempre. 15 – En el fútbol no hay justicia. A veces juegas mal y ganas; otras lo haces bien y pierdes.16 – Nunca llegues tarde, paga a tiempo, respeta tu tiempo dentro y fuera del campo.17 – Siempre levanta la mirada. Tanto en la jugada como en la derrota.18 – Nunca recibirás una felicitación del rival, y el rival tampoco espera una felicitación tuya.19 – Una asistencia vale tanto como un gol.20 – Un juego, como la vida, está hecho de momentos.21 – El respeto se gana.22 – Habla poco, juega mucho.23 – Si no puedes correr, camina.24 – Estás en el equipo correcto, solo en el momento equivocado.25 – Ser un buen jugador no significa ser buen compañero.26 – El secreto es moverse sin el balón. El espacio vacío es una oportunidad.27 – Nunca debes de jugar enojado. El rival no tiene la culpa de tu mal día.28 – Cuando has llegado al mejor momento de tu vida jugando fútbol, cada día que pase serás más lento, menos flexible, con menor instinto. Esto es parte del juego.29 – No hay lesiones ni cicatrices sin una historia detrás.30 – El calentamiento es tan importante como el juego. 31 – Siempre habrá alguien mejor que tú. No pasa nada. El fútbol es de admirar el talento, no de envidiarlo.32 – Cada partido es un nuevo comienzo.33 – Aplaude el gol en contra que haya roto las lógicas de la física.34 – Cuando ya no puedas correr más, cuando ya no puedas levantar las piernas, es que ha sido un buen juego.35 – No anotas un gol, solo te vuelves digno de él.36 – Incluso haciendo todo bien, puedes perder.37 – Tu equipo lo es todo. Incluso cuando falle, lo es todo. No son una casualidad, sino millones de circunstancias que los han hecho coincidir.38 – Un gol fallado es un gol en contra.39 – El fútbol no te hace fuerte, te muestra en dónde eres débil.40 – Un día ya no podrás volver a jugar. Puede ser hoy o puede ser dentro de diez años. No te sientas mal cuando eso pase. Agradece que lo pudiste hacer el tiempo que se te fue dado.   Tal vez me habrá enseñado más cosas, no sé, cosas que solo son capaces de verse en el momento. Por hoy, es todo. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

Mirar desde la banca

El Blog de Juan M. Fernández Chico Mirar desde la banca 11 de julio de 2025 Esperar es una virtud que funciona tanto en la vida como en el fútbol.En la vida, esperar es tan importante como moverse. Esperamos el semáforo en rojo porque sabemos que se pondrá en verde. Esperamos en la fila del bufet por la recompensa de comer hasta no poder más. Pero consideremos que hay esperas que no son negociables. No importa cuánto dinero o poder tengamos, no importa si pensamos que las merecemos o no. Esas esperas, a veces, incluso son peores: más terribles, más ansiosas. Esperar el resultado de un estudio médico es agotador. O hacerlo desde la sala de un hospital.Pero esperar también significa aprender. Veamos qué nos puede enseñar el fútbol con esto. La espera más común cuando juegas fútbol es la espera en la banca. Estar ahí no necesariamente es un indicio de que seas un mal jugador. A veces es una espera estratégica, otras, una espera casual.Pero, a diferencia de lo que creemos, y a diferencia de la narrativa tradicional, el fútbol tiene muchas esperas. No sólo la del medio tiempo, o la previa, o las que se dan con las lentas marchas a cobrar un penal. Hay esperas activas: están ocurriendo mientras el juego se juega. Pero esa espera no es, ni debe ser, inútil.Esperar desde la banca es aprender: es observar, es analizar, es entender.La banca no es, ni debe ser, un castigo. Es un lugar de privilegio en el que, desde la pausa, la inactividad, estamos jugando sin jugar. La banca es aprendizaje. Toda espera, obligada o no, placentera o no, debe tener una causa.Si no la tiene, entonces no estamos aprendiendo a habitar la banca, y la banca solo es aprovechable cuando se sabe estar en ella. Por eso el crack mira impaciente, quiere entrar, patea, lanza la botella de agua o las quejas al aire. Si hiciera las paces con la espera, tal vez viviría mejor en esa banca momentánea. Lo haría con humildad, porque en la banca uno se sienta sin ego, sin pretensiones, sin arrogancia.La banca siempre se debe habitar con honestidad y elegancia. Mirar desde la banca es no preguntar si el equipo te necesita, ni siquiera cuestionar si algún día te van a necesitar. Es saber que te necesitan, pero en otro lado, en otro momento, con otra actitud. Cuando te toque estar ahí, cuando te toque mirar la vida desde la banca, no te preguntes qué haces ahí.Porque hay tantas respuestas como preguntas.Solo acomódate, disfruta, aprende. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

Perder también es jugar: sobre la derrota de la vida en el fútbol

El Blog de Juan M. Fernández Chico Perder también es jugar: sobre la derrota de la vida en el fútbol 2 de julio de 2025 Perder, así como en la vida, así como en el fútbol, es la regla.La victoria es la excepción.Ganar es un lujo que sólo muy pocos se pueden dar. Y no, abrazar la derrota no te convierte, irónicamente, en un perdedor.La derrota es solo una preparación para la inevitable victoria;es una pausa para, en algún momento, ganar algo.La derrota te hace entender la regla más simple y básica del universo: para ganar, hay que perder.Para abrazar, hay que tener los brazos libres. Y eso sólo se logra soltando primero. Pero hay algo más.Perdemos, así como en la vida, así como en el fútbol, porque decidimos jugar.Porque nos lanzamos al campo. Porque no nos quedamos sentados. Ver desde la grada es más fácil.Brincar al juego siempre es un riesgo. Desde hace varios años juego en un equipo de amigos, en una liga amateur.Y muchas veces, cuando estoy en la banca y vamos ganando, algo dentro de mí me frena.Una pregunta me acosa: ¿y si entro, y por mi culpa perdemos? Lo sencillo sería quedarme sentado.Aceptar que el universo ya es perfecto, y que mi presencia sólo podría arruinarlo.Soy una piedra en aguas tranquilas. Curiosamente, nunca me pregunto lo contrario:¿y si entro y aumentamos la ventaja? ¿Y si doy una asistencia? ¿Y si meto un gol? Como escribió Haruki Murakami: “A la vez que ruego por la victoria, también me preparo, en el fondo de mi corazón, para la derrota.” La derrota no nos puede asustar.Hay que vivir en ella, aprender en ella, sonreír en ella.Encontrar la victoria perdiendo.Así como en el fútbol. Hagamos este pequeño ejercicio de memoria. Es 24 de junio de 2018.Panamá juega su primer Mundial.Se enfrenta a una poderosísima Inglaterra, plagada de jugadores de élite internacional.Pierde 6 a 0 en el Estadio de Nizhni Nóvgorod. Minuto 78.Ricardo Ávila, surgido del Chorrillo Fútbol Club de su natal Panamá, se prepara para tirar un tiro libre.El balón vuela con comba al corazón del área chica.Una comba también puede cambiar la historia de un país. Los panameños esperan afuera del área para evitar el fuera de lugar.Entra el centro.Y entre la guerra de piernas, Felipe Baloy —veterano de 37 años, capitán, leyenda— vuela con las piernas extendidas.Es un salto de fe.Conecta de lleno, como si en esa pierna derecha llevara el peso completo de una nación. Es gol.Un gran gol.El balón descansa en la esquina derecha de la portería.Ni siquiera el vuelo desesperado del portero inglés puede detener la historia. Un gol que sabía a campeonato.El estadio enmudeció por el grito ensordecedor de esa furia roja, blanca y azul.Abrazos, lágrimas, paz momentánea.La unión de un país entero, en medio de una derrota monumental. ¿Qué importan seis goles en contra?¿Qué sentirían los ingleses —tan acostumbrados a ganar— al ver esa felicidad en los rostros de los hinchas que perdían por goleada? Así como en el fútbol, así como en la vida, vamos a perder —mucho, muchas veces— más de lo que ganemos.Y es que nada nos prepara para perder más que la misma derrota.Perdemos un juego, un torneo, una liga, una copa; perdemos a una hermana, o a un padre, o a un perro; perdemos un trabajo, o un sueño por el que luchamos tanto, o una vida que nos imaginamos. Perdemos porque soltamos.Perdemos porque crecimos.Porque cambiamos. Porque un día, así como la selección de Panamá en 2018, encontraremos la victoria en la derrota. Así en la vida, como en el fútbol. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

La sociedad de los padres cansados

El blode de Juan M. Fernández Chico

El Blog de Juan M. Fernández Chico La sociedad de los padres cansados 22 de Junio de 2025 Ser papá es fácil.Delegar, rehuir, escapar, postergar. Dar la vuelta. Mirar por el hombro. Una paternidad más cercana a un acto de magia. Ser Houdini tiene sus retos, pero es mucho más fácil que estar ahí siempre. Lo difícil no es ser padre.Lo difícil es ser un buen padre. Y eso, que en palabras simples debería ser lo normal, lo básico, lo que toca, se ha vuelto una excepción. Nos hemos acostumbrado tanto a la negligencia, que hacer lo que nos corresponde parece un acto heroico. A veces hasta digno de aplauso. Pero, sobre todo, ser un buen padre es agotador. Atender el llamado desde la lejanía, mientras limpias el patio o barres la banqueta: buscar un juguete perdido, ser el villano de Spiderman, ser portero, ser La Parka.La presencia es agotadora; el presente es acción, y la acción requiere, exige, devora energía. Si estás cansado, entonces estás haciendo un buen trabajo.Si al final del día, cuando la noche te arrebata los últimos hilos de energía, sigues ahí, entonces puedo decirte que hiciste lo que tenías que hacer.Que estuviste. Que fuiste.Y el tiempo y la historia —aunque tarden— se encargarán de recompensártelo. ¿Qué nos queda?Nos queda mucho por hacer. Because, once we are all ill and confined to the bed, sharing our stories of therapies and comforts, forming support groups, bearing witness to each other’s tales of trauma, prioritizing the care and love of our sick, pained, expensive, sensitive, fantastic bodies, and there is no one left to go to work, perhaps then, finally, capitalism will screech to its much needed, long-overdue, and motherfucking glorious halt Sick woman theory, Johanna Hedva Pero te voy a decir qué sí nos puede quedar: compartir nuestros cansancios, unir nuestras presencias, sentarnos alrededor del fuego. Atizar el fuego con una rama mientras tomamos un poco de aire. Cuando el mundo se haya poblado de una sociedad de padres cansados, habrá un síntoma de esperanza.Porque el padre cansado dijo te quiero de regreso.Se dejó ganar en el fútbol. Dejó la última papita de la bolsa.  Cargó en hombros para liberar el cansancio de su hijo.Se quedó una hora más en el trabajo, a cambio de quedarse una hora más despierto, a cambio de levantarse una hora más temprano. Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo

Soy el mejor papá del mundo, y el mejor carrilero por izquierda del país​

El blode de Juan M. Fernández Chico

El Blog de Juan M. Fernández Chico Soy el mejor papá del mundo, y el mejor carrilero por izquierda del país 19 de Junio de 2025 Mi fama me precede. No lo puedo evitar. Sólo hay una forma de llegar al campo de juego de la última fuerza de la liga de Central Soccer, en la Avenida Tecnológico: con autoridad, con derecho de conquista. Pisar el campo dando un brinco con la pierna izquierda.Persignarme, pidiéndole a un dios en el que no creo que me permita llegar al final del juego sin ninguna lesión. Y, si la hay, que sea en el rival. Todo esto es verdad. No tengo necesidad de mentir. Mis números me respaldan, aunque nadie los lleva y no hay forma de consultarlos. Transfermarkt no llega hasta las ligas más amateurs. Pero ese no es mi problema. Si alguien quiere tasar mi calidad, lo puede hacer con total libertad: cualquier martes a las 8 de la noche me encontrará ceremoniosamente dentro o fuera del campo de juego. Y no, nada de esto es mentira. No tengo por qué lacerar a la verdad. Esto es tan verdad como que soy el mejor papá del mundo. Lo soy. Y quien no me crea, lo invito cualquier día a seguirme —de preferencia un fin de semana—, que recorra los diez mil pasos que Pato me hace caminar sí o sí. Que espere conmigo hasta las once de la noche, cuando cae dormido, para luego cargarlo a su cama sin que se despierte. Si puede llegar temprano, nos vemos en mi casa a partir de las 6:30 de la mañana, cuando normalmente me despierto. También puede ser un sábado o domingo, cuando vamos al parque, o a Peter Piper Pizza, o a una piñata, y yo me entrego con amor y ternura, en cuerpo y alma, al bienestar de mi hijo. No miento, nunca lo haría, menos con esto. Digo la verdad. Si tuviera una Biblia frente a mí, pondría mi mano derecha sobre la cubierta para garantizar la veracidad de lo que digo. Dos verdades absolutas que se unen por el mismo eslabón: yo. Ser carrilero por izquierda tiene sus retos, pues juego a perfil cambiado sin saber exactamente por qué. Nunca recorto por el centro, así que conducir sin mi perfil sirve de poco o nada. Pero tampoco doy centros, así que jugar por la banda derecha tampoco serviría de mucho. Lo mismo con mi papel de padre: juego por la banda, a perfil cambiado, busco botarme, pero no soy muy rápido. Eso sí, siempre juego con mucha intensidad. A ver, de nuevo, busquemos las uniones: ser carrilero es desbordar, jugar con la impredecibilidad de la banda; la paternidad, por su parte, es la impredecibilidad de la vida. En la estación camionera nos estaba esperando mi padre. Para estar muerto, tenía buen aspecto. Para estar vivo, pésimo Te vendo un perro, Juan Pablo Villalobos Tal vez crean que estoy mintiendo, pero no. Estoy siendo honesto. Ambas funciones no me son naturales: las fui encontrando en el juego. Llevo poco más de veinte años jugando fútbol, y desde entonces lo hago con la misma identidad del inicio: no sé lo que hago, improviso en el acto, no planeo, no pienso; hago, actúo, soy.  El fútbol y la crianza, por lo tanto, comparten la misma reflexión: amar en movimiento. En ambos ejercicios no se busca la perfección. En el fútbol están el volante creativo, el delantero; en la paternidad, los manuales, los Derbez. Pero para el carrilero, la perfección no es necesaria ni plausible. Ambos roles requieren pasión y entrega: correr desmedidamente, regresar en la transición defensiva, atacar en la ofensiva. Darlo todo. Ser el último y el primero. Improvisar. Hacer. Ser. Voy a cerrar: mi talento habla por sí solo. Aún no sé qué dice, pero habla. Ya sea como carrilero por izquierda, ya sea como padre por derecha. Soy el mejor en ambas funciones, aunque esto parezca una mentira. Que sí, tal vez lo sea, pero ¿a quién le importa? Lee más posts de Juan M. FErnández Chico ¿Por qué sigues aquí? Blog Completo