After the Storm

#cuento

Platitos II

Stefanía Dominguez

 

Tengo una conexión cercana con los platos pequeños. De esos como para servir galletitas o el té. Cuando era niña recuerdo que iba con mi mamá a visitar a una vecinita que era su amiga. La vecinita era una mujer mayor. Era sumamente delgada y chaparrita. Tenía el cabello oscuro, piel morena clara y muchas arruguitas y lunares en su cara y en sus manos.

Su casa era pequeña y muy humilde, pero tenía una calidez que llenaba de paz. Al llegar a su casa pasábamos por los cuartos para llegar hasta la cocina. No recuerdo cuántos hijos tenía, pero en los cuartos por los que pasábamos había al menos tres camas. Todas tendidas con una delicadeza y cubiertas con unas cobijas de esas que tejes a mano color café o marrón.

Mi mamá y yo nos sentábamos frente a ella en la mesa, dándole la espalda al lavaplatos. A la espalda de ella (mi frente) había unas repisas con trastes: de uso diario y de momentos especiales. Ella ponía agua a calentar en su pato metálico gastado por años de uso, jalaba el café soluble de su repisa, azúcar morena, ponía un poco de leche en un contenedor y se sentaba a platicar en lo que silbaba el pato.

Yo era muy pequeña para entender o para aun recordar las conversaciones que tenía con mi mamá, o tal vez simplemente mi atención volaba a otros lugares. Tocaba su mantel de flores de plástico con mucho cuidado, delineando con mi dedo cada pétalo y cada hoja que estuviera cerca de mí. Veía a los lados, y aunque fuera una niña podía entender que cada cosa que estaba en esas repisas tenía un valor inmenso y venían de un esfuerzo enorme por obtenerlas y mantenerlas en buen estado.

La puerta que daba al patio estaba a mi derecha, y desde mi silla me asomaba con la discreción de una niña a ver la maravilla que existía allá atrás. UUUUUUUUUUUUUUUUUUUU Silbaba el pato.

Ella se levantaba suavemente para apagar el fuego. Levantaba una tela que cubría algo en la repisa y sacaba un juego hermosísimo de platitos y tacitas. Y yo me sentía tan única y tan especial, porque sabía que esas tazas y esos platitos que tenía ahí cubiertos con tela, ella los guardaba precisamente para momentos especiales. Era como un apapacho al corazón.

Servía agüita caliente para cada una en esas tacitas, las acomodaba cada una en su plato y nos las daba en la mano con sus manitas delgadas y levemente temblorosas. Su vajilla especial también era de flores. Tenía un color crema de fondo, y las flores eran rosas oscuras con destellos guindas. Las hojas eran verdes opacas, pero ambas figuras tenían un estilo realista que me cautivaba cada vez que las veía.

Hacía lo mismo con la taza: la tocaba toda con mi dedo índice, delineando cada color como si fuera yo la que lo estuviera poniendo ahí. Como si mi dedo fuera el pincel que las creaba.

Preparábamos el café. Yo solo le ponía 1/4 de una cucharita de café a mi taza porque mi abuelito me había enseñado que esa cantidad era suficiente para una niña, y yo era muy obediente. Una cucharadita de azúcar y un generoso chorro de leche entera. Algunas veces, si corría con suerte, sacaba galletas María y las ponía en otro platito para compartir. Yo me abalanzaba sobre el plato al mismo tiempo que sentía la mirada de “buenos modales” de mi mamá. Y tomaba solo tres.

Me gustaba verlas y sentir su textura, y me gustaba aún más ver cómo cambiaban cuando las sumergía en mi café caliente. Algunas veces las dejaba demasiado tiempo sumergidas y la pobre galleta salía amputada. Tenía que volver a sumergir el restante de galleta y sacarla rápido para poder disfrutar la suavidad que el calor y el líquido le daban. Y tomaba tres galletas más.

Ellas estaban tan metidas en sus palabras y sus historias que ya no se daban cuenta de que yo estaba ahí. Se reían, lloraban, compartían recetas, remedios… y yo con la panza cada vez más llena de galletas. Cuando empezaba a ver el fondo de la taza cuando le daba un trago al café, sabía que era señal de que ya casi era hora de irnos. Nos levantábamos y caminábamos lentamente hacia la puerta a mi derecha.

Ella sabía que esa era mi parte favorita: salir por el patio. Abría la puertita de madera, y mis ojos se abrían junto con ella. Idolina tenía un montón de plantas, y eran tan bellas todas. Tan verdes y coloridas como su mantel y sus tazas. Me dejaban curiosear, tocar las plantas y a veces hasta ayudar a regarlas.

Y después de un rato, o cuando empezaban a comerme viva los mosquitos, escuchaba que mi mamá me llamaba y corría a ella para empezar el camino de regreso.

—¡Adiós, Idolina! —le gritaba, girando para ver cómo recibía mis palabras.

Ella estaba parada a un lado de su casa, con una sonrisa divina moviendo su mano, diciéndome adiós.
—¡Vuelvan pronto! —gritaba.

Stefanía Dominguez

24 de Mayo de 1992 , Wilcox , Arizona

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