Es el 7 de noviembre de 2022.
El West Ham, proveniente del este de Londres, se enfrenta al Fulham, del oeste.
No es un clásico ni se acerca a lo que otros juegos representan en la historia futbolística, política o social de la Premier League. Comparten una ciudad, y eso basta para que se juegue el honor.
El Fulham va abajo en el marcador, a pesar de estar jugando mejor, y ve cómo la posibilidad de sumar al menos un punto se esfuma.
Pero en el fútbol, a veces, hay algo de fortuna. O de gracia.
En una jugada apretada, el VAR marca un penal a favor del equipo del oeste, faltando un par de minutos para el final.
Como en la vida, el fútbol es una cadena de causas y efectos. O de accidentes.
El cobrador oficial, Aleksandar Mitrovic, alega una molestia que podría afectar la ejecución y se echa a un lado.
Entonces, el balón lo toma Ademola Lookman, joven, nacido en Inglaterra, hijo de padres nigerianos.
Vio, tal vez demasiado pronto, crecer su carrera como futbolista profesional.
Una rapidez que se traduce en querer abrazar la gloria demasiado pronto.
Mira la bola.
Se pasa la lengua por los labios.
Da un par de pasos hacia su izquierda, como si girara.
Hace un sprint —extraño, inexplicable— seguramente en un intento por engañar al portero, que le pone enfrente todos los años de experiencia acumulada.
Una historia generacional. Sin duda.
Lookman se arrodilla, sin entregarse, y ve la pelota picar débilmente, sin fuerza, hacia la mano derecha del arquero.
Ni siquiera tiene que moverse con intensidad.
El balón golpea su guante como una gota de lluvia que cae sin ruido.
Como una disculpa que llega tarde.
Es un error grave. Fatal.
El técnico Scott Parker diría después que fue producto de la inexperiencia, de la juventud.
Tiene sentido.
No porque cuando somos jóvenes cometamos más errores, sino porque, con el tiempo, hemos aprendido de ellos y los evitamos mejor.
No es la edad. Es la vida. Es caminarla.
Años más tarde, Lookman contaría que se sintió devastado.
Pero también diría que quienes estaban cerca lo rodearon de “mucho amor”, y que eso lo ayudó “a convertir el dolor en poder”.
Y la vida, tan rara, tan precisa a veces, le dio su revancha.
Ahora con el Atalanta, en la final de la Europa League, Lookman anotó un hat-trick.
Un hat-trick.
En una final europea.
Pocos tienen ese privilegio.
Y él no lo desaprovechó.
No había pasado tanto tiempo, pero es que no se trata del tiempo, sino de lo que hacemos con él.
Lookman lo supo.
Y tomó su error para convertirlo en su fortaleza.
Hizo del error un salón de clases.
¡Vaya tipo!
Yo, como futbolista amateur y como padre primerizo, me he topado con el error más veces de las que quisiera.
El pase, el centro, el recorte, la anticipación.
Mis errores cuestan goles o partidos.
Y se vuelven cargas pesadas que, como un Sísifo maradoniano, cargo sin otro reparo.
No pretendo no equivocarme.
Pretendo no hacerlo dos veces del mismo modo.
No busco no fallar.
Busco hacer del error una mejor versión de mí mismo.
¿No ha quedado claro?
Entonces vayamos a una de las historias más conocidas de fallos en el fútbol.
Roberto Baggio.
Lo había ganado todo antes del Mundial de 1994.
Final contra Brasil.
Último penal de la tanda.
Anotar le daba vida a Italia.
Fallar se la costaba.
¿Cómo podría fallar el jugador que había ganado el Balón de Oro y que había hecho un Mundial casi perfecto?
Porque el fútbol no se fía de buenas intenciones.
Porque la justicia sólo existe en los cielos, no en la tierra.
Porque el único mérito de la victoria es el que se cuenta después, cuando uno mira la grabación al día siguiente.
Sólo se abraza cuando ya es demasiado tarde.
Lo que nadie pensaba que ocurriría, ocurrió.
Roberto Baggio mandó el balón al cielo.
A ese cielo en donde un dios imparcial se negó a hacer justicia.
Incluso Cláudio Taffarel ya se había vencido ante aquel potente tiro.
Y sin embargo, el balón se fue.
¿Qué pasó después?
Baggio se quedó parado, con la mirada perdida.
Con el alma escurriéndose entre los gritos y las camisetas amarillas con verde.
Su soledad fue tan larga que lo retrató para siempre.
“El hombre que murió de pie”, le dijeron.
Y así se volvió una analogía de la vida.
Me quedo con estas palabras del enorme Iker Ruiz del Barco, uno de los mejores cronistas de nuestro tiempo:
“Roberto Baggio es el aprendizaje de la derrota… sois todos vosotros, aquellos que lucháis de manera incansable por cumplir vuestros sueños, aquellos que aprendisteis a morir de pie en la derrota”.
Porque dentro, como un resquicio de nuestra alma, hay un Baggio y un Lookman.
Hay un error en potencia, esperando ocurrir.
Podemos pasarle el balón a alguien más, esperando que el fallo lo condene a otro.
O podemos fallar nosotros. Y hacernos cargo.
¿Esperaban un final grandilocuente?
No, no lo hay.
Baggio nunca tuvo una segunda oportunidad.
Jamás pudo redimirse de lo que él mismo llamó “el momento más difícil de su vida”.
Pero no importa.
Porque como dijo un viejo dicho que se popularizó en Italia tras aquel Mundial:
“Sócrates murió envenenado. Pero Baggio murió de pie.”