La verdad es que es triste, ¿no? –dijo ella–. Hace una preciosa mañana de primavera y él no está aquí para disfrutarla, ya no estará para vivir ninguna otra hermosa mañana de primavera.
Aniquilación, Michel Houellebecq
Este texto tiene un lector muy específico: para quienes hemos perdido a uno o a ambos padres. Es para quienes cargamos esa primera gran ausencia sin saber muy bien cómo nombrarla. Para quienes un día despertamos y nos dimos cuenta de que, por más que gritemos desde la cama, ya no vendrán a salvarnos de los monstruos imaginarios.
Papá ya no está para levantarnos cuando caemos de la bicicleta, y mamá ya no vendrá con el curita ni con el beso en la rodilla. Y esa es una herida tan profunda como inevitable. No importa cuán conscientes fuimos de que el tiempo haría lo suyo. No importa cuántas veces nos dijimos que estábamos preparados. Perderlos duele. Duele por muchas razones, y una de ellas es que perdemos a quien más nos ha amado en esta tierra. Quien hizo todo lo posible por protegernos, por cuidarnos. No sólo perdemos a la figura protectora: perdemos la idea que la acompañaba. Nos llenamos de tanta ausencia, que no sabemos cómo lidiar con ella.
Pero algo cambia. Porque en algún punto de esa transición, sin darnos cuenta del todo, nos convertimos en ellos. Somos ahora los que ponemos el curita. Los que decimos “ya pasó” con la voz entrecortada. Los que sostenemos el manubrio de la bici mientras alguien más da su primer pedaleo, los que se ponen la máscara de Spiderman o abrazan cuando hace frío.
¿Recuerdas cuando, aún con hambre, tu papá te dio lo que estaba comiendo porque no te llenaste? ¿Que te cambió el plato que no te gustó para que pudieras comer? ¿Que se quitó el gorro o la chamarra porque te estabas congelando? Esa ausencia solo cambió de nombre y de lugar.
Y sí, a veces improvisamos. A veces lo hacemos bien porque tuvimos buenos padres. O lo hacemos mejor porque no los tuvimos. Porque no queremos repetir, porque queremos reparar, porque queremos amar distinto. Porque estamos sanando en nuestra propia crianza.
Volvernos padres y madres es también aceptar que los nuestros ya no están. Es soltar. Es dejar que la vida nos toque sin ataduras. Es reconocer que incluso el amor infinito tiene un final. Y que la memoria es lo único que queda cuando el cuerpo se ha ido. La memoria como refugio, como altar silencioso, como esa voz que vuelve en la madrugada cuando algo duele y no sabemos qué hacer.
Este post no quiere consolar a nadie. Porque no hay consuelo posible. Lo sé. Pero tal vez estas palabras sirvan para otra cosa: para que no nos sintamos tan solos. No importa si fue hace una semana, un mes o una década. Perder a nuestros padres es perder una parte de nosotros. Y, aun así, seguimos. Y en seguir, también honramos. Cada beso en la rodilla. Cada curita. Cada palabra de aliento que ahora damos, como si nos la hubieran dejado encargada.
A la memoria de los padres y madres que se fueron. Quienes también estaban aprendiendo en esta única vida que les dieron la oportunidad de vivir. Que lo hicieron lo mejor que pudieron. Que fallaron, y de esos fallos aprendimos. Que acertaron, y sus aciertos los hicimos nuestros. Para que sus ausencias duelan cada vez menos e inspiren cada vez más.