Un blasfemo amor a Satán

Juan David Ulloa

Si hubiera que resumir Satán de mi corazón (Poemas de amor al diablo), de Campo Ricardo Burgos López, en una sola idea, podría decirse que se trata de una blasfemia feliz, una provocación literaria asumida con alegría y humor.

 

Desde el prefacio, el autor deja claro el juego que propone: este es un libro escrito por un enamorado de Satanás. El poemario se divide en dos partes bien definidas. En la primera, el lector se encuentra con versiones alteradas de conocidos poemas amorosos de la tradición literaria en español. Sin embargo, aquí el objeto del deseo ya no es una mujer, sino el diablo. En la segunda parte, Burgos presenta poemas originales que continúan esa misma declaración amorosa, pero ahora sin recurrir a la reescritura de textos ajenos.

 

En la sección inicial, el autor toma versos de poetas como Lope de Vega, Fernando Pessoa, Pedro Salinas, Pablo Neruda o Gustavo Adolfo Bécquer y los distorsiona de manera deliberada para ponerlos al servicio de un amor demoníaco. El resultado es un desfile de imágenes donde se canta a la belleza de Satán, a un cielo que habita en el infierno, al cuerpo y a la mirada del diablo, y al placer de entregarse a él. Todo esto se expresa mediante una cursilería buscada, casi exagerada, y un humor negro constante. En un mundo saturado de canciones y poemas románticos dedicados a amores convencionales, el libro elige un destinatario radicalmente distinto, y justamente ahí reside buena parte de su fuerza provocadora.

 

La segunda parte continúa el juego, pero cambia el procedimiento. Aquí ya no hay distorsión de poemas clásicos, sino versos amorosos “en regla”, aunque dirigidos al mismo objeto imposible. El hablante lírico agradece a Satán por haberle revelado no solo su rostro siniestro, sino también su belleza. Describe la experiencia de caminar a su lado, de dejarse vampirizar por él, de fundir su propia vida con la del diablo. Satán aparece como naturaleza, como música, como totalidad. El tono sigue siendo por momentos intencionalmente romántico y empalagoso; algunos textos recuerdan incluso a letras de boleros, aunque se trate de boleros infernales. Bajo ese registro humorístico, el libro insiste en una idea inquietante: la belleza que puede encontrarse en la degradación absoluta.

 

El poemario admite entonces múltiples lecturas. Una de ellas sugiere que el libro pone en evidencia lo ridículo de cualquier amor humano llevado al extremo, ya sea hacia una persona o hacia un demonio. Desde esta perspectiva, todo amor obsesivo sería una forma de idolatría que aparta del amor a Dios, tal como lo formula la tradición bíblica. En ese sentido, el amor humano contendría siempre algo pecaminoso y problemático, incluso algo satánico.

 

Otra lectura posible es la de una especie de “suma demoníaca”: un intento por resignificar la figura del diablo, alejándola del puro terror y subrayando su costado bello, delicado y poético. Satán aparece aquí no solo como símbolo del mal, sino también como una presencia capaz de ternura y fascinación estética.

 

Finalmente, el libro también puede entenderse como una parodia del género romántico y una burla consciente de sus excesos. Así como muchas obras idealizan al ser amado hasta convertirlo en un paraíso, Satán de mi corazón lleva esa idealización hasta el absurdo para dejar en evidencia sus límites.

 

En conclusión, este poemario es una blasfemia feliz: una obra irreverente, extraña, cómica y provocadora, que se aparta de los caminos habituales de la poesía amorosa y propone una experiencia literaria tan incómoda como original.