El Blog de Juan M. Fernández Chico

Mohawk, o sobre mares y cortes de cabello

5 de Noviembre de 2025

Este relato biográfico apareció originalmente en mi libro Morir en mar abierto, una reflexión sobre la muerte a partir de una experiencia que tuve cercana a ella: durante unas vacaciones familiares en Acapulco, una mañana me salí a nadar al mar, pero estaba picado y me arrastró violentamente hacia el fondo. De ese libro decidí extraer este relato porque las fechas me llenaron de nostalgia. Nostalgia de días pasados que a veces se sienten como si hubieran ocurrido en otra vida.

*

Es la misma barbería a la que he ido desde hace muchos años. El dueño es un hombre de bigote y ojos cerrados. ¿Cómo puede cortar el cabello alguien con unos ojos tan pequeños?

Estoy en la prepa. Me he hecho de un grupo de amigos que escuchan música punk en inglés. Solo en inglés, porque somos demasiado clasemedieros para el punk en español.
El punk en español llama a revoluciones que no queremos atender.

El blode de Juan M. Fernández Chico

Le digo al barbero que quiero un corte estilo mohawk.
—¿Qué es eso? —me pregunta.
—De mohicano.
—¿Mexicano?
—No —respondo—, mohicano, mohawk. Me rapa de los lados y me deja el cabello largo en medio.

 

Se queda en silencio. Me mira la cabeza tratando de descifrar aquel extraño corte de cabello que no está en ninguna de las obsoletas muestras que cuelgan en la pared. No es un tipo agradable, ni mucho menos.
Tantos “natural oscuro” y “natural claro” le han estropeado la capacidad de arriesgarse.
—¿Sí te van a dejar entrar a la escuela así? —me pregunta—. ¿O ya te corrieron?

 

Pinche señor metiche. Que le valga madre. Pero solo lo pienso. Aún soy menor de edad, y no me quiero meter en problemas, y menos con el dueño de la única barbería a la que puedo llegar caminando desde mi casa.
Un sutil acto de libertad que quiero mantener hasta que pueda manejar.
—Estoy de vacaciones —contesto.
—Mmmmm. ¿Y no vas a trabajar? —me pregunta, pero ya sin verme a los ojos, pues está sacando la máquina del cabello.
—No, no tengo pensado trabajar, a mi familia le va lo suficientemente bien como para que yo tenga que trabajar.

Estoy rayando un límite del que más me vale no pasarme.
Pasa la máquina lentamente. Evito hablar mientras lo hace, pues la última vez que me corté el cabello con él, le pregunté si podía ver cómo iba quedando, y me dijo que no, que hasta que terminara, que ahí no era escuela de estética.
Viejo puñetas.

 

A pesar de lo diminuto de sus ojos y sus dedos gordos, maneja la máquina y las tijeras con total maestría.
Seguramente su papá era peluquero, y su abuelo, y su bisabuelo.

 

Termina y, sin decir nada, pone el espejo para que me vea por detrás y delante. El mohawk no llega hasta atrás. Me ha dejado como un cepillo en la mitad de la cabeza. Parezco un militar rebelde que, aun en su rebeldía, sigue las reglas del cuartel.
Verga, pienso.
Ya ha cortado el cabello, ya no hay nada que pueda hacer. El mal ya está hecho.
Son sesenta pesos, diez más de lo normal por lo complicado del corte.

 

Me pica la nuca y hace calor. Pero en unos días nos vamos de viaje, y todo aquel calor y comezón se podrá ir a chingar a su madre.
Camino con la seguridad de un punk que ha tomado la decisión de llevar el pensamiento a la práctica. Tal vez no sea el mejor mohawk del mundo, pero algo es algo. Conozco a muchos punketos de la escuela que no se atreven ni siquiera a usar un cinto con púas.
En el mundo de los ciegos, el tuerto es rey.

El blode de Juan M. Fernández Chico

Unas semanas después, en Acapulco, casi moriría ahogado. Lo peor de todo es que hubiera muerto con un ridículo corte mohawk.


—¿Alguna seña particular del joven? —preguntaría la policía cuando me dieran por desaparecido.
—Tiene el cabello estilo mohawk.
—¿Qué es eso? —preguntaría.
—De mohicano. Como lo usan los punks.

 

Y si me fueran a velar de cuerpo presente, ¿me habrían cortado el cabello por un natural oscuro o me habrían parado los cabellos con gel, fiel a mi estilo punk? ¿El peluquero habría atendido los servicios fúnebres? ¿Se habría ofrecido para arreglar tremendo adefesio de corte que me había hecho semanas antes?

Por lo menos, pienso, los servicios de rescate no batallarían en identificar mi cuerpo.

 

De regreso, lo primero que hice fue raparme completamente. Solo que aquella vez, el peluquero de ojos pequeños no dijo nada; se limitó a escuchar mis simples pero concretas indicaciones. Hizo el corte y me dejó ir.

Lee más posts de Juan M. FErnández Chico

¿Por qué sigues aquí?