Todas las mañanas, como invocando un ritual de caos, Patricio se prepara para ir a la escuela.
Uniforme, mochila, lonchera, uñas cortas, cabello peinado.
Una ceremonia repetitiva que es difícil de sincronizar.
No hay coreografía, pura improvisación y desorden.
Salir siempre tarde, porque cuando eres padre siempre saldrás tarde.
Repasar los recordatorios del día de la escuela: llevas la tarea en la mochila para cuando te la pidan, los hotcakes ya tienen miel, la revista extra es para uno de tus compañeros, hoy va a pasar tu abuela por ti.
La repetición es la constancia, aunque cada repetición es distinta a la anterior.
Ser padres es vivir en una constante paradoja.
Llegar en los diez minutos de gracia que te da la escuela para entrar. Lo que significa que llegar a tiempo es llegar tarde.
Pero aquí viene lo importante.
Lo acompaño hasta la entrada a los salones.
Ahí, sobre la puerta, mirando como un intruso —como si aquello fuera la mirilla de una puerta— veo a Pato caminar.
Camina con una mochila que aún le queda muy grande.
Camina con paso lento por el peso, sin mirar atrás, sin buscar mi mirada, sin necesitar que lo observe.
Así se debe enfrentar la vida.
Tiene cuatro años, pero carga toda nuestra historia familiar en sus hombros, una responsabilidad que aún no sabe que tiene, pero que tarde o temprano lo sabrá.
Que esto que es, es solo el resumen de una historia que le hemos contado desde que nació.
Se aleja y me entra un miedo terrible de que le pase algo mientras no estamos, pero no hay otra manera de hacerlo.
Amar es soltar, y el miedo que nos dé soltar será proporcional al amor que tenemos.
Se detiene en la puerta del salón, pregunta algo —seguramente pide permiso para entrar porque es el último en llegar (mi culpa, perdón).
En esa pausa, espero que voltee, pero no lo hace.
Entra y cierra la puerta.
Su mirada es un capricho mío del que tengo que —vaya la paradoja— aprender a soltar.
Por eso, cuando Khalil Gibrán escribió en El Profeta que “tus hijos no son tus hijos, son los hijos de la vida abriéndose camino a través de ti”, no pudo haber tenido más razón.
Patricio no es mío, no me pertenece.
Le pertenece a la vida, y a veces me cuesta aceptarlo.
Me da miedo saberlo libre, y que, en esa libertad, yo no siempre estaré incluido.