Perder, así como en la vida, así como en el fútbol, es la regla.
La victoria es la excepción.
Ganar es un lujo que sólo muy pocos se pueden dar.
Y no, abrazar la derrota no te convierte, irónicamente, en un perdedor.
La derrota es solo una preparación para la inevitable victoria;
es una pausa para, en algún momento, ganar algo.
La derrota te hace entender la regla más simple y básica del universo: para ganar, hay que perder.
Para abrazar, hay que tener los brazos libres. Y eso sólo se logra soltando primero.
Pero hay algo más.
Perdemos, así como en la vida, así como en el fútbol, porque decidimos jugar.
Porque nos lanzamos al campo. Porque no nos quedamos sentados.
Ver desde la grada es más fácil.
Brincar al juego siempre es un riesgo.
Desde hace varios años juego en un equipo de amigos, en una liga amateur.
Y muchas veces, cuando estoy en la banca y vamos ganando, algo dentro de mí me frena.
Una pregunta me acosa: ¿y si entro, y por mi culpa perdemos?
Lo sencillo sería quedarme sentado.
Aceptar que el universo ya es perfecto, y que mi presencia sólo podría arruinarlo.
Soy una piedra en aguas tranquilas.
Curiosamente, nunca me pregunto lo contrario:
¿y si entro y aumentamos la ventaja? ¿Y si doy una asistencia? ¿Y si meto un gol?
Como escribió Haruki Murakami:
“A la vez que ruego por la victoria, también me preparo, en el fondo de mi corazón, para la derrota.”
La derrota no nos puede asustar.
Hay que vivir en ella, aprender en ella, sonreír en ella.
Encontrar la victoria perdiendo.
Así como en el fútbol.
Hagamos este pequeño ejercicio de memoria.
Es 24 de junio de 2018.
Panamá juega su primer Mundial.
Se enfrenta a una poderosísima Inglaterra, plagada de jugadores de élite internacional.
Pierde 6 a 0 en el Estadio de Nizhni Nóvgorod.
Minuto 78.
Ricardo Ávila, surgido del Chorrillo Fútbol Club de su natal Panamá, se prepara para tirar un tiro libre.
El balón vuela con comba al corazón del área chica.
Una comba también puede cambiar la historia de un país.
Los panameños esperan afuera del área para evitar el fuera de lugar.
Entra el centro.
Y entre la guerra de piernas, Felipe Baloy —veterano de 37 años, capitán, leyenda— vuela con las piernas extendidas.
Es un salto de fe.
Conecta de lleno, como si en esa pierna derecha llevara el peso completo de una nación.
Es gol.
Un gran gol.
El balón descansa en la esquina derecha de la portería.
Ni siquiera el vuelo desesperado del portero inglés puede detener la historia.
Un gol que sabía a campeonato.
El estadio enmudeció por el grito ensordecedor de esa furia roja, blanca y azul.
Abrazos, lágrimas, paz momentánea.
La unión de un país entero, en medio de una derrota monumental.
¿Qué importan seis goles en contra?
¿Qué sentirían los ingleses —tan acostumbrados a ganar— al ver esa felicidad en los rostros de los hinchas que perdían por goleada?
Así como en el fútbol, así como en la vida, vamos a perder —mucho, muchas veces— más de lo que ganemos.
Y es que nada nos prepara para perder más que la misma derrota.
Perdemos un juego, un torneo, una liga, una copa; perdemos a una hermana, o a un padre, o a un perro; perdemos un trabajo, o un sueño por el que luchamos tanto, o una vida que nos imaginamos.
Perdemos porque soltamos.
Perdemos porque crecimos.
Porque cambiamos.
Porque un día, así como la selección de Panamá en 2018, encontraremos la victoria en la derrota.
Así en la vida, como en el fútbol.