Mi fama me precede. No lo puedo evitar. Sólo hay una forma de llegar al campo de juego de la última fuerza de la liga de Central Soccer, en la Avenida Tecnológico: con autoridad, con derecho de conquista.
Pisar el campo dando un brinco con la pierna izquierda.
Persignarme, pidiéndole a un dios en el que no creo que me permita llegar al final del juego sin ninguna lesión. Y, si la hay, que sea en el rival.
Todo esto es verdad. No tengo necesidad de mentir. Mis números me respaldan, aunque nadie los lleva y no hay forma de consultarlos.
Transfermarkt no llega hasta las ligas más amateurs.
Pero ese no es mi problema.
Si alguien quiere tasar mi calidad, lo puede hacer con total libertad: cualquier martes a las 8 de la noche me encontrará ceremoniosamente dentro o fuera del campo de juego.
Y no, nada de esto es mentira. No tengo por qué lacerar a la verdad.
Esto es tan verdad como que soy el mejor papá del mundo. Lo soy. Y quien no me crea, lo invito cualquier día a seguirme —de preferencia un fin de semana—, que recorra los diez mil pasos que Pato me hace caminar sí o sí. Que espere conmigo hasta las once de la noche, cuando cae dormido, para luego cargarlo a su cama sin que se despierte.
Si puede llegar temprano, nos vemos en mi casa a partir de las 6:30 de la mañana, cuando normalmente me despierto.
También puede ser un sábado o domingo, cuando vamos al parque, o a Peter Piper Pizza, o a una piñata, y yo me entrego con amor y ternura, en cuerpo y alma, al bienestar de mi hijo.
No miento, nunca lo haría, menos con esto. Digo la verdad. Si tuviera una Biblia frente a mí, pondría mi mano derecha sobre la cubierta para garantizar la veracidad de lo que digo.
Dos verdades absolutas que se unen por el mismo eslabón: yo.
Ser carrilero por izquierda tiene sus retos, pues juego a perfil cambiado sin saber exactamente por qué. Nunca recorto por el centro, así que conducir sin mi perfil sirve de poco o nada. Pero tampoco doy centros, así que jugar por la banda derecha tampoco serviría de mucho.
Lo mismo con mi papel de padre: juego por la banda, a perfil cambiado, busco botarme, pero no soy muy rápido. Eso sí, siempre juego con mucha intensidad.
A ver, de nuevo, busquemos las uniones: ser carrilero es desbordar, jugar con la impredecibilidad de la banda; la paternidad, por su parte, es la impredecibilidad de la vida.
Tal vez crean que estoy mintiendo, pero no. Estoy siendo honesto. Ambas funciones no me son naturales: las fui encontrando en el juego. Llevo poco más de veinte años jugando fútbol, y desde entonces lo hago con la misma identidad del inicio: no sé lo que hago, improviso en el acto, no planeo, no pienso; hago, actúo, soy.
El fútbol y la crianza, por lo tanto, comparten la misma reflexión: amar en movimiento.
En ambos ejercicios no se busca la perfección. En el fútbol están el volante creativo, el delantero; en la paternidad, los manuales, los Derbez. Pero para el carrilero, la perfección no es necesaria ni plausible. Ambos roles requieren pasión y entrega: correr desmedidamente, regresar en la transición defensiva, atacar en la ofensiva. Darlo todo. Ser el último y el primero. Improvisar. Hacer. Ser.
Voy a cerrar: mi talento habla por sí solo. Aún no sé qué dice, pero habla. Ya sea como carrilero por izquierda, ya sea como padre por derecha. Soy el mejor en ambas funciones, aunque esto parezca una mentira. Que sí, tal vez lo sea, pero ¿a quién le importa?